Cuando cargamos el pesar de una traición

Como dice la expresión coloquial, “nos llenamos la boca”, de tantas quejas y acusaciones contra la persona que nos da la espalda o que nos traiciona. Hasta lloramos cuando recordamos sus acciones. Cuando oramos, le acordamos a Dios cómo nos abandonaron, o lo que sea que nos hayan hecho, y le enfatizamos lo mucho que nos han hecho sufrir; y lo difícil que ha sido superarlo.

Sin embargo, ¿somos igual de “objetivos” y “sinceros” cuando hemos sido nosotros los que hemos cometido el agravio contra aquellos que esperaban otra acción de parte nuestra?

¿Hemos pensado alguna vez que quizás esa persona (o personas) a quien acusamos y condenamos cree con sinceridad que fuimos nosotros los que le fallamos a él o a ella? ¿Que quizás está la otra persona quejándose ante Dios porque nosotros le hemos hecho sufrir?

Todos vamos a comparecer ante un juicio divino; ya sea ahora o después, seremos juzgados por nuestras acciones u omisiones. En el famoso Sermón del Monte (cf. Mateo 5:22-26), sabiamente el Maestro adivirtió que si el hermano tiene algo en nuestra contra, debemos dejar la ofrenda sobre el altar y resolver el problema antes de entregar esa ofrenda al Señor. Que se tenga “algo contra ti”, dentro de este contexto, sería como decir: “algo que pueda usar en tu contra en una corte o un juicio”, pues concluye los versos diciendo: no sea que el juez te entregue al alguacil y termines en la cárcel. O sea, si alguien tiene algo que pueda usar en tu contra en el día del juicio, no lo ignores, busca la forma de estar en paz.

¿Será correcto justificar nuestras acciones u omisiones, usando de excusa lo que otros nos hayan hecho? ¿Por qué esperar que otro tome la iniciativa para lograr “estar en paz con todos”? Pablo dijo a los romanos: “Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres” (Rom. 12:18, énfasis añadido). ¿Hay algo que podamos hacer, o algo que Dios espera que hagamos todavía, para lograr estar en paz con todos? Quizás ese “algo” sea lo que nos toca restituir, o lo que nos toca hacer…

Esto es importante, porque ciertamente es fácil usar el dolor que nos hayan causado para rehuir de nuestra responsabilidad delante de Dios. Y no está de más decir que nuestro enemigo espiritual lo sabe, y hará lo que sea necesario para manipular nuestras emociones y sentimientos para que permanezcamos ciegos a la verdad. Y mientras ignoremos, conscientemente o no, esa verdad, no seremos verdaderamente libres.

Cargar con la culpa sin restituir o sin enmendar los errores, cuando depende todavía de nosotros hacerlo, diariamente nos alejará del verdadero propósito de Dios en nuestras vidas. Podremos orar, sanar enfermos, echar fuera demonios y levantar los muertos; pero si Dios quería que oráramos primeramente con los de nuestra casa, que sanáramos primero los de nuestra familia, que libertáramos los cautivos que nos vieron crecer; que resucitáramos primero los muertos en nuestra vecindad… (cf. Mateo 7:21-23) Podremos hacer milagros todos los días, pero si no hacemos la voluntad de Dios, toda la voluntad de Dios, terminaremos en el mismo lugar que aquellos a quienes acusamos de haber roto nuestro corazón.

Es fácil condenar a otros con ligereza, como también lo es pedir mayor misericordia por uno que por los demás. Es más fácil decir: “Dios, yo sé que hice mal, pero mira lo que me hicieron a mí, cuando se supone que…” En lugar de decir: “hice mal contra Dios y contra los hombres, me levantaré e iré a mi padre…”, como dijo y actuó el pródigo cuando vio que no estaba viviendo conforme a lo que se esperaba de él.

En tanto y cuanto estamos vivos y dentro del tiempo en que Dios nos dio para buscarlo, debemos considerar que tal vez, sólo tal vez, no nos han tratado tan mal como nosotros pensamos (sí, esto no a todos aplica); tal vez, sólo tal vez, no nos han ofendido tanto como nosotros lo hemos hecho; tal vez, sólo tal vez, no estamos viviendo el verdadero propósito de Dios, sino, huyendo del mismo refugiándonos detrás de acciones piadosas o religiosas, detrás de ministerios o milagros, evitando confrontar realidades básicas como: el pedir perdón o perdonar, dejando el presente en altar hasta resolver los conflictos; cosas básicas como el restituir; como entender que hacer la voluntad de Dios está por encima de todo, incluyendo las buenas obras y los ministerios y la ministración de los dones. La voluntad de Dios solamente es alcanzable cuando le amamos y hemos crucificado verdaderamente nuestro orgullo en nuestra propia cruz.

Ojalá que antes de que “el juez nos entregue al alguacil” (cf. Mt. 5:25-26), entendamos que ninguna de nuestras acciones ni razonamientos nos justificará delante de Dios si quebrantamos voluntariamente aunque sea uno de los mandamientos del Señor. Estar en paz con nuestros hermanos, mientras dependa de nosotros, es responsabilidad de cada creyente. Y si para estar en paz con nuestros hermanos tenemos que dejar atrás o derribar todas las murallas, escudos, excusas, trabajos, argumentos, etcétera, que hayamos construido para escondernos y huir del deber, entonces debemos hacerlo. Y así lo haremos, si realmente atesoramos la salvación de nuestra alma.

Mateo 5:22-24 (RVR 1960)

(22) Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que diga: Necio, a su hermano, será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga: Fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego.

(23) Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti,

(24) deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda.

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