Los principales responsables del ateísmo

Al grano: los verdaderos responsables por tanto ateísmo alrededor del mundo, son los mismos creyentes. Porque querer evangelizar viviendo una vida contraria a las Escrituras transmite el mensaje equivocado de que Cristo es solo una religión más.

Hace falta más cristianos verdaderos.

Las excusas

El mal testimonio de los llamados cristianos ante el mundo es la mayor excusa y motivación que tiene el incrédulo para desestimar la fe cristiana. Hoy en día parece no haber gran diferencia entre una persona buena “sin religión”, y una persona cristiana. Si se añade el fanatismo a la ecuación, el resultado es un desastre.

Por ejemplo, ¿qué piensa el mundo sobre los cristianos seguidores fanáticos del Presidente Donald Trump? ¿Existe alguna bíblica y verdadera razón para respaldarlo a él o a cualquier político, con argumentos que pasen el cedazo de la hermenéutica, y sobre todo, del Espíritu, quien es el Señor de la Iglesia? (Una cosa es ejercer el derecho al voto, otra cosa es ligarse con el mundo como si perteneciéramos a él; en nuestro corazón, nuestra Patria es el cielo o no lo es; en el alma no se puede tener dos ciudadanías.)

La llenura del Espíritu como herramienta de poder

Obviemos otros ejemplos escalofriantes sobre el mal testimonio de muchos creyentes, para ir al núcleo del asunto. Expongo como argumento principal que la llenura del Espíritu Santo es la clave para la evangelización. En dos puntos, resumiré esto:

  • Evangelización es el acto de llevar las nuevas de salvación por medio de Jesucristo, lo cual es una encomienda directa del mismo Cristo (ver Marcos 16:15-18).
  • Para lograr que más vidas crean y reciban esta fe, es necesario el poder de Dios, lo cual se recibe por medio del Espíritu Santo. Un ejemplo por excelencia (porque hay muchísimos en el Nuevo Testamento), se encuentra en el relato de la ascensión de Cristo (ver Hechos 1 al 2). Antes de irse, Jesús instruyó a sus discípulos a que esperaran en Jerusalén “la promesa del Padre”, refiriéndose al bautismo en el Espíritu Santo; después de recibirlo, entonces le serían testigos alrededor del mundo (vea Hechos 1:8). O sea, en mis palabras: “ya me voy a ir, pero ustedes tienen que seguir predicando; pero antes de irse de lleno a evangelizar, llénense del poder que los va a capacitar para hacerlo efectivamente”. Fue como resultado directo de esta llenura, que el tímido Pedro que tres veces negó a Cristo delante de unas mujeres en el patio del sumo sacerdote, ahora se paró en tribuna acusando a los judíos por la muerte de un inocente y, más tarde según cuenta la tradición, estuvo dispuesto a morir como mártir, invertido sobre una cruz, porque no se sentía digno de morir derecho como Cristo. Éste Pedro transformado, con una sola predicación alcanzó a tres mil almas.

Un ejemplo bíblico y una experiencia personal

La presencia de Dios y su unción son cosas distintas. Pero unamos ambos conceptos por esta ocasión, para ofrecer el ejemplo de Esteban, el mártir. Su historia se relata en Hechos 6 al 10.

“Pero no podían resistir a la sabiduría y al Espíritu con que hablaba” (Hechos 6:10). Esto se dice de los opositores de Esteban, quien “lleno de gracia y de poder” (cf. Hch 6:8) hacía milagros y predicaba de Cristo. Esteban no solamente tenía conocimiento del evangelio, sino que tenía “gracia”, “poder”, y “al Espíritu”. Ninguna de las anteriores son el producto de un doctorado teológico, sino de una experiencia personal con Dios mismo.

Dios mismo (su Espíritu) estaba en Esteban y con él. Como resultado: muchos creyeron; y los que no creyeron, al menos tuvieron que reconocer que tenía en él algo sobrenatural que los hacía reaccionar eufóricamente, al punto de querer matarlo. Estoy segura de que la presencia de Dios respaldando sus palabras hasta la hora de su lapidación quedaron grabadas en el corazón de Saulo de Tarso, testigo de su muerte y posteriormente el mayor de los apóstoles cristianos.

Recuerdo que cuando yo trabajaba como bibliotecaria, algunos estudiantes venían a visitarme y a saludar. Puedo decir para la honra de Dios, quien es fiel, que la gracia de Dios estaba conmigo, por lo que muchos venían a buscar solaz, no por el silencio del lugar, pues no venían a sentarse a estudiar, sino a saludar, respirar, sonreír, y seguir su camino; “me das paz”, decían, y se iban. Muy probablemente no sabían ni por qué.

Entre ellos, venía con frecuencia este jovencito, abrumado por sus problemas. Pero siendo un joven varón…, además de pasar el rato, él pensó en otras cosas. Enfocada en mi trabajo, lo ignoré. Mi única prioridad era buscar la presencia de Dios y dar buen testimonio en dondequiera que estuviera.

Un día él entró como de costumbre, dio la vuelta y salió. Así hizo un par de veces, hasta que se quedó afuera, en el estacionamiento, llorando. Otro compañero, que era cristiano, lo vio y le preguntó qué le pasaba. El joven le responde que intentó varias veces entrar (o sea, pasar al área de mi escritorio detrás del mostrador), pero no podía, “algo invisible” como que lo chocaba y se lo impedía. Allí hablaron de sus intenciones, y sobre la presencia de Dios que cuida a los suyos. Luego de esta experiencia, se acercó más a la biblioteca, pero para buscar una experiencia con mi Dios. Este encuentro ahora es parte de su testimonio personal cuando habla de Cristo.

Sinceramente, yo ni sabía qué le estaba pasando cuando entraba y salía. Yo solo estaba “viviendo con normalidad”, trabajando como siempre; pero Dios estaba conmigo; y me cuidó, también como siempre.

Su experiencia o “choque” con la presencia de Dios no la tuvo en un templo, ni durante una predicación. Gloria a Dios, porque el Dios que yo predico diciendo que es real, se manifiesta con poder, obrando en favor de los que le temen y los que le aman.

La presencia de Dios NO es historia

Jesús encarnado es parte de la Historia. Pero Jesús no nació en Belén, porque no tiene principio de días; tampoco murió en Jerusalén, porque no tiene fin de días (cf. Jn 8:58). Él está vivo, y su presencia se manifiesta en favor de los que guardan sus mandamientos (cf. Jn 14:21).

Cada noche, el cristiano debe acostarse sabiendo que está en paz con Dios. Cada mañana, el cristiano debe poder distinguir la presencia de Dios en su vida. El Espíritu debe testificarle que está presente y de buenas con él o ella. Durante el día, la comunión con Dios no puede faltar, no importa lo que estemos haciendo, no importa lo que nos esté pasando. Por eso, aunque haya hambre, peligro o desnudez, la presencia de Dios es el abrigo, es la paz, es la vestidura del alma y la mente. No concibo que (a modo de ejemplo) un cantazo con un martillo o una discusión con un preadolescente rebelde provoquen que la boca de un cristiano pronuncie improperios y maldiciones. El llamado cristiano que no pueda refrenar su lengua, o que esté lleno de maledicencia, no tiene idea de lo que es tener al Espíritu en su vida. Podrá estar lleno, pero no de Dios, porque Dios es Santo.

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Donde primero se debe manifestar la presencia de Dios es dentro de la vida propia, y después, debe notarse a través de la conducta y del testimonio externo del Espíritu. Como resultado, las demás personas deben poder identificarnos como diferentes, dignos de su respeto aunque no concurran con nuestra fe.

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Yo no nací ayer, así que me han pasado tantas cosas, pero nunca he tenido “la necesidad” de maldecir (por la gracia de Dios). Tampoco, por ejemplo, mi padre. Maestro de profesión, pero “handy-man” en casa, se ha dado cuanto cantazo y herida viene con el trabajo. Nunca lo he escuchado maldecir. Ambos podemos gritar que NO HACE FALTA. Claro, esto es imposible de entender por quienes sienten lo contrario. La diferencia está en que cuando se “nace de nuevo” de verdad, hay un cambio en la forma de pensar, en la forma de vivir. Esa frase común dentro de las iglesias de que “no vivo yo, ahora Cristo vive en mí” (citando a Pablo), ¡no es poesía! Jesús sufrió el vía crucis sin maldecir (cf. Hch 8:32, 1 P 2:23). Si Cristo vive en mí, tengo que hacer lo mismo que Él (cf. 1 Jn 2:6).

Esto de no maldecir es solamente un ejemplo de las evidencias que puede dar un cristiano que tiene a Dios en su vida. Porque ser cristiano no es únicamente repartir tratados, ir a un templo y cantar con el coro. Tampoco es hacer una profesión de fe un día, y el resto del año—o de la vida—olvidarse de que Dios está presente. Donde primero se debe manifestar la presencia de Dios es dentro de la vida propia, y después, debe notarse a través de la conducta y del testimonio externo del Espíritu. Como resultado, las demás personas deben poder identificarnos como diferentes, dignos de su respeto aunque no concurran con nuestra fe.

Debemos tener cuidado con eso de que “Dios está en todas partes”, para no caer en la tentación del conformismo y la mediocridad. Porque aunque sí Dios es Omnipresente y Omnisciente, se manifiesta solamente bajo condiciones específicas dilucidadas a través de las Escrituras para nuestro conocimiento y admonición. Para que nos acerquemos a Él de la manera correcta, bajo su regla, en santidad. Porque la buena voluntad sola, en sí misma, no nos santifica ni nos salva, de lo cual puede testificar Uza (cf. 2 Sam 6:6-7). Pues, su buena intención no lo libró de la ira de Dios y la muerte, cuando trató de “tocar” el lugar de su presencia.

Las excusas de los ateos vs. lo que realmente importa

Los que no creen en Dios están llenos de argumentos, teorías y supuestas evidencias. Otros, simplemente no creen porque no han oído de Él todavía; al menos, no de forma que los convenza de que es real.

Si a mí me hubieran presentado a Cristo de una manera diferente, por más lindo que sonara, no pienso que sería cristiana hoy. Porque, es muy fácil leer de un profeta que hizo bien en Jerusalén, que sanaba enfermos y echaba fuera demonios, y que lo crucificaron porque se hacía llamar Hijo de Dios. ¡No le serviría! Porque, ¿qué sentido tiene alabar o proclamar el nombre de uno que murió hace casi dos mil años?

Ahora, me presentaron a un Cristo que está vivo. Y me lo probaron. Yo vi cómo las personas a mi alrededor vivían en medio de las crisis, cómo amaban, cómo servían. Viví cómo los respaldaba el Señor haciendo cosas que humanos no pueden hacer. Y escuché que este Cristo, Hijo de Dios, que es real, me amaba y me ofrecía redención. Yo creí en Cristo porque no era historia; era—y es—real para mí. Las demás preguntas, teorías y argumentos en su contra, poco a poco se desvanecieron, porque la verdad en Cristo prevaleció.

Mientras los cristianos sigan perdiendo el tiempo tratando de probar la Creación en siete días, la existencia de un diluvio universal, la existencia de un arca de Noé, y tantas cosas más… Y sigan tratando de hacerlo con miedo a la Ciencia, envueltos en ignorancia, sin profundizar en las Escrituras… Y peor que todo, tratando de hacerlo sin la presencia del Espíritu, querido hermano(a), se seguirá fracasando. El evangelio se recibe por fe: “el que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado” (Mr 16:16).

Si hubo o no humanos antes de Adán, no es parte esencial del evangelio (y sí hubo personas antes de Adán). Si existieron o no los dinosaurios, no es parte del evangelio (y sí los hubo); si la Creación duró o no siete días de 24 horas cada uno, no es parte esencial del evangelio (y no fueron días de 24 horas). ¡Convencer a otros de que entre Génesis 1:1 y 1:2 hubo miles y miles de años, no debe ser prioridad! Ahora, sí es básico poder creer que hay un solo Dios, Creador, aunque no entendamos cómo y cuándo creó. (Hay que creer toda la Escritura, aunque no la entendamos de una vez; poco a poco se puede aprender.) La Palabra de Dios y los misterios de Dios se creen por fe. No hay que convencer a nadie. Claro que hay muchos ateos que estudiando la Biblia se han topado con la verdad, amén. Pero no es trabajo del creyente convencer a otros, sino del Espíritu Santo. Nuestro trabajo es llevar el evangelio, acompañado de las señales que da el Señor.

Cuando alguno se enferma, un diploma en Historia o en Arqueología no lo sana. Cuando los demonios atormentan las vidas, no les importa si en otro lado encontraron o no el Arca, o si descubrieron o no otro libro del tiempo de Jesús. Lo que la gente quiere cuando tiene hambre es comida, agua cuando tiene sed, salud cuando están enfermos. Quieren paz cuando están atormentados, alegría cuando están tristes. Consuelo y amor cuando están solos. Refugio, cuando están desamparados. El cristiano debe poder ofrecer la respuesta a estas necesidades, no por medio de teoría, estudios, ciencia y conocimiento. El apóstol Pablo lo entendía así, por eso, a pesar de todos su logros humanos, dijo que lo tenía todo por basura, con tal de ganar a Cristo (cf. Fi 3:4:9).

La presencia de Cristo mismo, manifestada por medio de su Espíritu, debe estar presente para que sea efectiva la predicación. Entonces, el alma que tenga la necesidad, decidirá si acepta o no el ofrecimiento divino.

El evangelio es de esta manera: el creyente expone la Palabra, el Espíritu guía y respalda; el oyente cree y recibe, o no cree y rechaza. Así funciona. “El que creyere y fuere bautizado, será salvo…” Cuando el oyente pregunte: ¿qué debo hacer para ser salvo?, entonces el cristiano sabrá que hizo lo que tenía que hacer.

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