Qué absurda tu fe

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No hacían falta palabras, me estaba mirando como si yo estuviera hablando locuras

Años atrás trabajé como oficinista en un hospital. Cierto día, una doctora interna, de procedencia dominicana, me preguntó sobre “eso del rapto” en que creemos algunos cristianos. Cuando comencé a explicarle, me di cuenta de que ella no estaba familiarizada con los conceptos comunes del cristianismo. En verdad, no sabía casi nada de Jesús, aparte de que fue un personaje histórico influyente.

Me sorprendí de momento, porque en Puerto Rico es tan común la religión cristiana (para bien o para mal). Pero entendí que en su país, al menos en su círculo de amistades, Jesús como el Salvador no es un gran tema de conversación. Así que, usando expresiones más coloquiales, le hablé del contexto del arrebatamiento y le pinté la escena de 1 Tesalonicenses 4:15-17 lo mejor que pude, pues la consideré la más apropiada para la ocasión.

Nunca antes me habían mirado como a una loca. Confieso que fue gracioso. A la vez, me obligó a reflexionar.

En parte es cierto que parece de locos. Mire esto: el cristianismo es la historia de un Dios que se hizo carne por amor a sus criaturas débiles, que entregó su vida voluntariamente para que lo torturaran y mataran en un madero, a la manera en que morían los peores criminales de la época; un Dios que murió como hombre y resucitó de entre los muertos tres días después de expirar. Lo hizo por aquellos que crean que su obra fue un sacrificio expiatorio en favor de los que se crean pecadores y le acepten como: (1) el Redentor que los vuelve a hacer propiedad de Dios y no esclavos del pecado, (2) y también el Salvador que los libra de la muerte inminente en el infierno, (3) y el Señor, a quien una vez prometida la lealtad, entra en el corazón del profeso y lo cambia para siempre. El alma de quienes mueran con esta fe, llamada esperanza bienaventurada, irá al cielo; si no la tienen, irán al infierno. El infierno es un lugar de castigo, descrito como un lago de fuego y azufre, donde el gusano nunca muere. Suena terrible…

Pero todavía falta: Un día, uno de los miembros de esta Deidad Trina regresará a la tierra; sí, el que se encarnó, conocido como Jesús. No tocará el suelo, no. Se quedará en el aire, y el Espíritu Santo transformará los cuerpos de los fieles vivos para que pasen por el proceso de la muerte en fracción de segundos, y los tomará para sí mismo; y en el cielo morarán eternamente con Él.

Aunque no fue así que le hablé a la amiga, ¡suena increíble de todas formas! Quien no comparta nuestra fe, o quien nunca haya escuchado de esto, puede pensar que es cosa de locos. A menos…

A menos que Dios Espíritu Santo le haya mirado y escogido para salvación primero. Entonces, un buen día, despierta pensando sobre la brevedad de la vida, preocupado por la eternidad de su alma y de su espíritu. De repente, siente culpa por sus faltas, y no sabe qué hacer para deshacerse de ella. También, se pregunta si hay algo más allá de lo que ha conocido, más allá de lo que se le ha enseñado. Y mira las estrellas a la distancia… o una flor, bien de cerca… Estudia Neurología, Biología, Historia, Filosofía, Teología… Estudia y estudia… buscando una explicación.

Pronto, vuelve a escuchar de Jesús, pero algo sucede que es diferente. Quizás hasta le da coraje. Se molesta por tantos llamados cristianos tan fanáticos con su Cristo, o contra los que hacen tantos males en nombre de su dios, o quizás peor aún, que predican de Dios y de buenas obras, pero escondidos detrás del hábito o título religioso pecan contra su prójimo.

Algunos no tardan en creer en Jesús. Prontamente asimilan que Jesús es el nombre a través del cual se dio a conocer a los hombres la Persona de la Trinidad que se encarnó. Otros tardan más en llegar a esta conclusión. Algunos secretamente buscan y buscan respuesta para su hambre interior, y estudian incansablemente hasta lograr alcanzar “la verdad”.

Pero la verdad es que no hay manera en que hombre alguno pueda probar la realidad de Jesucristo a otro hombre, a menos que Dios mismo no intervenga. Porque nadie se puede acercar a Dios si Dios no le atrae a sí primero. Y esto es maravilloso.

¿Por qué es maravilloso? Me explico. En el camino hacia Dios, cuando uno se le está acercando, se topa con la realidad de la naturaleza pecaminosa. A esto se le llama convicción de pecado; según la Biblia, dejarnos sentir esto es una de las obras del Espíritu Santo (cf. Jn. 16:8). ¿Por qué? Porque no hay otra forma de acercarse a Dios si no es a través de Cristo. Y no hay forma de acercarse a Cristo sin recibirle como Salvador. Y no hay forma de aceptarle como Salvador y que Él nos responda si uno mismo no se reconoce perdido en el pecado, como un reo de muerte sentenciado al infierno. No hay un ser humano en esta tierra, por mejor testimonio que tenga delante de los hombres, que no haya cometido alguna falta alguna vez. Es nuestra naturaleza humana; fuimos vendidos al pecado una vez, y como un germen maldito, el pecado nos persigue generación tras generación. Gracias le doy a Dios por Jesucristo, el único que puede librarnos de esta ley en nuestros miembros (cf. Ro. 7:21-25).

Pero entonces, ¿qué lo hace tan maravilloso? Pues, aunque sentirse perdido es horrible, ahí es cuando Dios está más cercano. “Los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos”, dijo Jesús una vez (cf. Lc. 5:31). ¿Para qué se acercará el Dios Soberano a alguien que se cree independiente de Él, que no necesita a Dios para vivir, para respirar, para trabajar…? Si alguien cree que no necesita a Dios, que viva sin Él (aunque no creo que esto sea realmente posible). Ya Dios se degradó al nivel máximo cuando decidió hacerse humano para pagar el precio por el pecado nuestro. Una sola vez. Ya no se degradará más. Ya Jesús fue exaltado a su lugar a la diestra del Padre, y su magno sacrificio le ganó el título de Señor de la Creación, Rey de la Gloria, Señor de señores… Ahora solamente se acercará a los que crean en Él y le miren con temor reverente, no con orgullo ni autosuficiencia. (Esta es la enseñanza bíblica cristiana fundamentalista.)

Es maravilloso, porque cuando el ser humano se humilla delante de Dios, recibe la mayor muestra de amor y de gracia posibles. Aquí faltan las palabras para describir la experiencia espiritual más solemne y grandiosa en el Universo: la experiencia de la salvación. Con gusto escribiré de esto con detalles en otra ocasión. Porque ahora quiero continuar con el absurdo sobre Jesús.

Esta experiencia personal de recibir el amor y la salvación por medio de Jesucristo, se llama profesión de fe y conversión. Pero es solamente el comienzo de locuras mayores; claro, locuras para los que no creen, poder para los que creemos. Tampoco termina con la locura del rapto, palabra que ni siquiera está en la Biblia (arrebatamiento sí está; rapto es como comúnmente se le dice entre nosotros).

Sucede que lo más grato de creer en Jesús, después de la salvación, es nuestro caminar en Cristo. Sí, definitivamente, otra gran locura. Creer que Dios mismo camina a nuestro lado; que cuando se ora, aunque se mire al cielo, la realidad es que Dios no está lejano, sino dentro de uno y junto a uno. Creer que cuando en los momentos difíciles se abre una puerta u ocurre un milagro natural o fuera de lo natural, es porque Dios lo hizo así, que no fue producto de la suerte, la casualidad o el resultado de la caridad humana.

Recuerdo que un día mientras algunos de los hermanos de la congregación trabajan junto al pastor en el patio del local recién adquirido, cortando la grama y preparando el área, la máquina cortadora de grama se dañó, habiéndosele roto una pequeña pieza. Mirando el suelo, entre las hojas, la grama y la tierra, uno de ellos vio una pieza de menos de cinco centímetros, exactamente como la que necesitaban. Se notaba que llevaba años allí, pero estaba en perfectas condiciones. La limpiaron enseguida, la montaron en la máquina, y siguieron trabajando. ¿Casualidad? No lo creo. Esta es la clase de milagros que los cristianos deberíamos ver todo el tiempo, que describen al Dios del Génesis que “lo hizo todo y reposó”; que en su poderío y soberanía obra una sola vez y deja que la rueda ruede y ruede y ruede, hasta que en una de sus vueltas nos deja un favor, una gracia, exactamente en el momento en que lo necesitamos.

También recuerdo un día, en mi hospedaje universitario fuera de mi país, lejos de mi familia, que me empeñé en quejarme ante Dios y comencé a llorar, recordándole que estaba sola… Luego, leí la Biblia como de costumbre, topándome con un pasaje en Isaías que me reprendió en mi espíritu por mi pataleta infantil, recordándome a la vez el control de Dios sobre mi vida. La verdad es que me avergoncé, pero a la misma vez me alegré. ¿De qué otra forma me iba a sentir? ¿Podría llamar a Dios mi Padre si no me diera cuenta de que Él me corrige? Si no me corrigiera, pensaría que no me ama… Solo pasaron minutos cuando tocaron a la puerta y recibí el consuelo de una grata compañía. De más está decir que no me volví a quejar (nunca hubo necesidad de hacerlo).

A los siete años de edad, miré al cielo y me propuse recordar ese momento y espacio de mi vida (lo compartiré en otro post). Me sentía inquietada por la insistencia de los adultos que decían que el tiempo de la niñez es el mejor momento de la vida; me di cuenta de que estaba creciendo y temía olvidar ese tiempo tan importante. Así que me lo propuse, porque las cosas importantes se deben recordar.

Con mayor fervor me he propuesto recordar, y atesorar, mis momentos especiales con Dios. Esas citas con mi Creador, momentos en que solamente Él y yo compartimos, solos en mi habitación. Momentos gratos de rodillas, de cara al suelo, pero también sentada en mi cama, hablando con Él, abriéndole mi corazón, derramando mi alma. ¿Quién me puede decir que Él no es real, si el verdadero amor es recíproco y siento que Él me ama? ¿Quién me puede decir que Él no es Rey de mi vida, cuando mi cuerpo se encoje ante su presencia (su manifestación) en temor reverente y mis rodillas se doblan delante de Él? Amo adorarle y sé que Él lo sabe.

Tan pronto como esta misma tarde le hablaba en secreto mientras escribía y trabajaba. En cierto instante, mi mirada se encontró con la suya…(No lo puedo explicar de otra forma.) No pude más que llorar. ¿Quién me puede decir que Él no estaba escuchándome, ¡si me respondió!? No en palabras humanas, y no me importa. Cuando le habla a mi alma, Él me consuela. Y mis lágrimas de dolor se convierten en lágrimas de gozo inefable. Mi amor se convierte en deseo vehemente por estar con Él.

Entonces, no entiendo cómo se puede ser cristiano y olvidar que Él regresa. ¿Y cómo recordar que Él regresará sin sentir angustia porque sea pronto, porque sea ya?

Esta locura de tener un Salvador, quien siendo Dios se hizo hombre, es lo más hermoso y maravilloso que puede ocurrir a cualquier ser humano.

“Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios.” (1 Co. 1:18, RVR 1960)

¡Quisiera poder presentarle a Jesús a la gente del mundo entero! Aunque sé que muchos no creerán. Pero será un placer igualmente hermoso que Dios me permitiera llegar al menos a un alma con sed de conocer de manera personal a mi Cristo. Que su Santo Espíritu tome estas letras y las grabe en algún corazón hambriento de la verdad, y lo deje con la curiosidad… ¿Será real? ¿Será posible? ¿Será esto el producto de un lavado de cerebro o será una experiencia verdadera? Que se motive a buscar y a estudiar la vida de este Jesús histórico en fuentes primarias, que considere los descubrimientos arqueológicos, ¡o que al menos mire la naturaleza y se pregunte si es posible que sea producto del azar! Que considere las imperfecciones de los demás salvadores y lo compare con la perfección de Cristo. Que estudie el Budismo, el Judaísmo, la Nueva Era… Pero que estudie también a Jesús, ¡aunque sea para intentar probar lo absurdo de nuestra fe en Él!

Porque si lo intenta, si se esfuerza realmente, encontrará que es irrefutable su realidad, no solo como personaje histórico, sino como el Hijo del Dios viviente que se encarnó, murió y resucitó para darnos vida abundante en Él. Que aunque fue rechazado por los judíos, extendió sus brazos más allá de las fronteras de Jerusalén, para todo el que crea en Él, judío o no judío (cf. Jn. 1:10-12).

Si después de hacer esto esa alma no le cree, no me sorprendería, porque los mismos hermanos de Jesús tampoco le creyeron al principio (cf. Jn. 7:5). No fue hasta que Jesús resucitó que la verdad alumbró sus mentes. Tampoco creyó en Él la mayoría de los judíos. Sus discípulos, que eran judíos, se dedicaron entonces a predicarle estas noticias a los que tenían otra religión, otras filosofías, pero quienes también reservaban un espacio en su corazón “para el Dios no conocido” (cf. Hch. 17:23).

Yo estoy entre esos. Aunque nací escuchando de Jesús en una cultura donde cualquiera dice que es cristiano, una cultura llena de religiones y filosofía, también me predicaron a un Jesús que es una Persona, no una religión. Cuando Él “me miró”, fui donde Él y me respondió. Comprendí que es Fuerte y Grande, pero también dulce, alcanzable, comprensivo, amoroso… Él es todo lo que necesito para ser feliz y estar completa, aunque carezca de todo lo demás en la vida.

Si Jesús es real, ¿de qué manera se manifiesta en su vida? Aunque parezca absurdo para muchos, puedo decirle, asegurarle, que hace un ratito habló conmigo, y sigue aquí todavía, a mi lado.

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