Si Jesús no resucitó, vana es nuestra fe

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“Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe.” 1 Corintios 15:14 (RVR 1960)

Me dirijo a aquellos que ya creen que Jesús es Dios.

¿Por qué es como una ley muda hablar del nacimiento de Jesús solamente en diciembre? ¿Por qué repetir una y otra vez la escena de la natividad, con un Jesús tierno en los brazos de María? ¡Jesús no se quedó bebé! Él creció en estatura y sabiduría (cf. Lc. 2:52). Y en vez de vivir como Rey (pues los judíos no lo recibieron como tal), vivió como siervo (cf. Jn. 1:11, Fil. 2:6-8). A los 33 años de edad dio por terminada su misión, triunfando sobre el poder espiritual enemigo que condenaba a los seres humanos hasta ese momento (cf. Col. 2:14-15).

Pero la escena de un Jesús crucificado adornando templos, cuadros y collares, tampoco le hace justicia a su encarnación.

Es que Jesús no vino para ser acurrucado por María, ni para ser recordado como un profeta o un mártir. Aun si solo decimos que vino para morir, estaríamos diciendo una media verdad. Porque aunque vino a dar su vida en rescate por muchos (cf. Mr. 10:45), fue su resurrección la que completó y selló su abrumadora victoria sobre la mismísima muerte y el poderoso germen del pecado. Una victoria que no obtuvo por necesidad propia, sino por la necesidad de los humanos que habían sido vendidos a la ley del pecado en la carne y sentenciados a la muerte espiritual eterna (cf. Ro. 7:14, 8:2-3).

Así que, Jesús, siendo Dios, se encarnó, vivió sirviendo, murió como los peores pecadores de su tiempo, y resucitó tres días después. Todo, por amor y en rescate de aquellos que le creen y reciben como Dios Salvador y Redentor.

Como especifiqué al comenzar, esto es para los que creen. Para éstos, la victoria de Cristo Jesús es por ellos y para ellos, consumada por su resurrección. Y si Cristo resucitó, también nosotros resucitaremos y viviremos con Él (cf. Ro. 6:4,8, 2 Ti. 2:11).

Ahora bien, existe otra filosofía de vida: Si no hay vida después de la muerte, “[…] comamos y bebamos, porque mañana moriremos” (1 Co. 15:32, última parte). Para los que piensan así, Cristo todavía no les ha amanecido.

Finalmente, nuestra forma de predicar a Jesús, no con palabras, sino con la forma en que vivimos la vida, testificará de nuestra verdadera creencia en Él. Con este testimonio demostraremos si somos o no de los que aprovechan la Navidad para festejar y adornar con pesebres cada cuarto, o de los religiosos que conmemoran la muerte de Jesús solo en Semana Santa; o de los que vivimos cada día conscientes de que la vida que nos lleva al cielo tenemos que vivirla en la tierra. Esto significa que lo que el Jesús adulto predicó, y aquello por lo que se inmoló, tiene que convertirse en una vivencia personal, en una experiencia que trascienda la teoría y se manifieste en virtud, gracia y poder en la vida diaria.

Amén.

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