Las consecuencias a pesar de haber pedido perdón

Aunque raramente se menciona, está claramente expresado en la Biblia que quien no perdona a otros, no puede recibir el perdón de Dios. Jesús lo enseñó y sus seguidores también. (Vea los textos al final para algunos ejemplos.)

Quizás exista en muchos la errada idea de que perdonar significa justificar las acciones del agresor. Sin embargo, perdonar no es otra cosa que pasar por alto esas ofensas, sin guardar rencor ni albergar deseos de venganza o castigo. Es una experiencia liberadora, no solamente para quien recibe el perdón (y lo aprecia), sino también para quien lo otorga.

Otro aspecto que también es necesario resaltar a la hora de hablar de este tema, es que cuando pedimos perdón: (1) debemos reconocer la culpa por la acción cometida, asumiendo la responsabilidad por dicha acción, (2) y debemos soportar las consecuencias que vengan. Porque, pedir perdón no nos exime de todas las consecuencias.

Es bueno pedir perdón cuando le fallamos a Dios o a los hombres. Cuando solamente le fallamos a Dios (aunque las faltas contra Dios muchas veces redundan en problemas para los que nos rodean), los hijos de Dios tenemos la bendición de que nos cubre su misericordia y Dios mismo amilana las consecuencias terrenales, y por la intercesión de Cristo no perdemos el pasaje al cielo.

Sin embargo, cuando le fallamos a los hombres, notamos inmediatamente que no tienen el mismo corazón misericordioso de Dios. Si no lo cree, júzguese usted mismo: ¿cómo reacciona cuando lo ofenden? Bien lo dijo David, que a la hora de sufrir consecuencias es mejor caer en las manos de Dios que en la de los hombres, porque Dios tiene mucha misericordia (cf. 2 S 24:14). No que Dios se liviano en su castigo (véase He 10:31 y Hch 9:5), sino que Dios puede ver cuándo y cuánto nos arrepentimos, y nos extiende su favor.

Más aún, es bueno entender que cuando fallamos, lo hicimos porque tomamos una mala decisión y actuamos sobre ella, aunque haya sido por engaño (como Adán y Eva, o Josué ante los gabaonitas). En un momento dado tuvimos el control de si hacíamos o no lo malo (o lo incorrecto), pero no tendremos jamás el control sobre las consecuencias.

De allí, que el infiel puede arrepentirse en polvo y ceniza y pedir perdón a su cónyuge, pero no puede evitar que le abandonen; el que traiciona a un amigo puede llorar de arrepentimiento y jamás fallarle a nadie más, pero no puede evitar que el traicionado jamás vuelva a confiar en él (o ella, como sea el caso). Puede lamentarse hasta la muerte de no haber amado y cuidado a sus hijos a tiempo, pero no puede evitar que sus hijos no le amen o no le perdonen a usted. El que falla, no puede evitar perder la confianza de la familia, la comunión de los hermanos, o incluso la libertad si terminara en la cárcel. ¡No se pueden controlar las consecuencias! ¿Acaso no buscó Esaú con lágrimas y gritos otra bendición de su padre, pero no la consiguió, ¡porque solamente había una!? (cf. Gn 27:37-28, He 12:17)

¿Qué se puede hacer? Cargar con la culpa puede llevar a la depresión y ésta al suicidio, y tanto el enojarse por las consecuencias, como el sentirse injustamente castigado, pueden llevar a la amargura. Estas opciones quedan descartadas para un creyente que realmente quiere llegar al cielo. Pero, ¿qué hacer?

Entre las características de un verdadero arrepentimiento está el deber de resarcir el daño mientras sea posible. Por ejemplo, el que roba, debe devolver lo robado. Así, el que ofende, debe pedir perdón y no volver a cometer la falta. El padre (o madre) que desatendió a sus hijos debe pedir perdón; si es rechazado, ¿su corazón verdaderamente arrepentido podrá decir: bueno, lo intenté, ellos se lo pierden? No creo. Reconocer la gravedad de las faltas compunge el corazón arrepentido, y el amor que brota del corazón limpio es un poderoso propulsor para nunca rendirse.

Un padre (o madre) que ama, nunca se rendirá. “Siempre estaré aquí para ti, solo espero el día que puedas perdonarme.” “Recuerdo que hoy es tu cumpleaños; nunca olvidaré la felicidad que me diste cuando te tuve en mis brazos por primera vez.” “Solamente quiero dejarte saber que pienso en ti.” “Toma…, y sí estoy consciente de que con esto no compro tu amor.” “Perdóname; te amo.” “Te amo.” “Te amo…” Aunque tenga el corazón roto, obrará como pueda para dejar saber que su amor es genuino y su arrepentimiento sincero.

El despecho, la amargura, el rencor: estas no son señales de un corazón arrepentido. La prepotencia, el “tú te lo pierdes”, el “ya no me importa”, tampoco lo son. La humildad, la perseverancia, el cambio de actitudes, las evidencias de un cambio de manera de pensar y de vivir; estas cosas sí convencen a aquellos que no pueden ver el corazón, sino que se dejan llevar por la conducta y las apariencias. O sea, excepto Dios, todos los demás.

El Dios que da las fuerzas a los obedientes y a los de corazón limpio, ayudará a los que se arrepienten de verdad y quieren demostrar que han cambiado. Él dará las fuerzas a aquellos que no culpan a otros por las consecuencias que han cosechado por sus propias acciones. El cristiano no se endereza para “darle duro a nadie”, sino que el cristiano se supera para honrar a Dios con sus acciones y aun con sus pensamientos más profundos e íntimos.

No podemos controlar las consecuencias que tengan nuestras faltas y pecados; pero sí podemos contar con la misericordia y la fuerza de Dios para confrontarlas, sean cuales sean, si vamos ante Él con un corazón sincero y arrepentido, dispuestos a luchar por volver a ganar el territorio perdido; en ocasiones será posible, en otras no, pero podemos confiar en la gracia y la fortaleza de Dios para hacer lo correcto.

Les dejo con estas citas tomadas de la versión Reina-Valera, Revisión del 1960:

(El perdón de Dios está condicionado a que perdonemos:)

“Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.” Mateo 6:12

“mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.” Mateo 6:15

“Porque si vosotros no perdonáis, tampoco vuestro Padre que está en los cielos os perdonará vuestras ofensas.” Marcos 11:26

(Olvidarse de Dios tiene consecuencias sobre las futuras generaciones:)

“Mi pueblo fue destruido, porque le faltó conocimiento. Por cuanto desechaste el conocimiento, yo te echaré del sacerdocio; y porque olvidaste la ley de tu Dios, también yo me olvidaré de tus hijos.” Oseas 4:6

(Condiciones para el perdón de Dios y la restauración:)

“si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra.” (2 Crónicas 7:14)

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