Cuando se le adora

Si bien es cierto que sin rectitud de corazón el adorar a Dios es abominable, el no adorarle del todo es imposible aún para la más vil criatura. Sin embargo, en esto no hay contradicción.

Y también es cierto que intentar adorarle cuando hay conciencia culpable o cuando se ignora la conciencia del todo, resulta en un insulto a la santidad de Dios; pero a la vez es verdad que adorarle en el peor de nuestros momentos trae liberación al alma. ¿Cómo puede ser esto así?

Es que nadie puede pretender ser lo que no es delante del Todopoderoso y salir sin culpa. Es como ser evidentemente culpable de un crimen y presentarse delante de un juez sin un buen abogado.

Mas, cuando nos presentamos delante de Dios sin palabras que intenten justificar las malas acciones, reconociendo Su santidad versus nuestra indignidad; cuando vamos delante de Él contritos y arrepentidos; cuando lo hacemos entregando nuestra voluntad y sometiéndonos humildemente ante Su soberanía… Entonces, su sola mirada de misericordia nos cubre y Cristo mismo intercede por nuestra alma.

La restauración y la liberación quedan a nuestra disposición por pura gracia divina. Y nuestra justificación nos queda en ese momento sublime a la distancia de un suspiro de fe.

Y cuando el adorar es la orden del dedo de Dios, exigiendo como Soberano estrictamente el reconocimiento de su Nombre sobre todo otro nombre, entonces hasta el primer ángel caído cae de rodillas confesando que Jesús es el Señor. Porque, es que Jesús ES el Señor.

Por eso encontramos a una María Magdalena agradecida, convertida en digna mientras se sentía indigna, adorando entre profusas lágrimas a los pies de Jesús. Y a un sacerdote Josué: silente, simbólico, sucio, como quemado, pero de rodillas; pero fue levantado, restaurado, perdonado; por pura gracia.

Por eso me encontré yo, frente a un espejo de 66 Libros, que me obligó a ver mi imperfección y lo mucho que me falta por alcanzar ver Su gloria; y lloré hasta que la noche me arropó y el alba me acordó que podía llorar más. Lloré hasta la puerta de la desesperanza. Lloré hasta llegar frente al sepulcro donde me quería dejar morir.

Entonces, con lomo quebrantado le adoré como quien se despide de lo único que le queda. Le adoré reconociendo quién es Él aunque yo no sea más. Le adoré con todo el amor y la sinceridad que mi alma pudo esgrimir, traspasando, superando e ignorando todos mis demás deseos. Le adoré a voz en cuello cuando pude, cuanto pude, siendo el grito de mi ser interior el más estrepitoso.

Le adoré con hambre y no fui avergonzada, porque me dio de comer abrazando mi alma. Puso mitra nueva y limpia sobre mi cabeza. Me dio un anillo con una promesa. Me vistió de lino blanco adornado con gracia y me coronó de misericordia.

Me arrodillé para adorarle, sin importarme que moría. Pero cuando me levanté, me di cuenta de que tenía esperanza. Y al punto volví a arrodillarme agradecida, cayéndome de amor, rendida. Llorando porque estaba viva. Llorando y llorando de alegría.

Si bien es cierto que Dios espera que le adoremos en santidad y perfección, también es cierto que cuando un hijo de Él le adora en humillación, Él se inclina y derrama de su favor para restaurarle, para volver a darle vida.

Amén.

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