El pensamiento suicida no discrimina

El pensamiento suicida toca la mente de cualquiera; no discrima.

Recientemente recibí un mensaje de un querido primo. Me envió el enlace a un vídeo que circula en las redes sobre el testimonio de un caballero que sobrevivió milagrosamente de su intento suicida.

Mucho se dice del tema, pero parece que aún no es suficiente, porque miles siguen rindiéndose ante esta tentación.

Recuerdo claramente cuando a mis 16 años yo estaba convencida de que matarme yo misma era lo que merecía; yo misma me juzgué culpable y me sentencié al infierno. Mas, según el lente del observador, yo tenía una vida perfecta: estudiante de excelencia, miembro de varias organizaciones estudiantiles, buenos padres y buena familia, líder en la iglesia, y aunque no era muy pudiente vivía sin carencias.

Parecía no tener razón alguna para estar, secretamente, triste y vulnerable. Pero lo estaba. Porque la raíz del suicidio no discrimina por edad, género, religión, estatus social ni económico. Son pensamientos o razonamientos, basados en error, introducidos como inyeccción letal por enemigos invisibles. Pero gracias a mi Amigo Invicible, quien me habló al corazón y me convenció de abrazar la acción opuesta: vivir.

Allí acepté mi culpa y que Él me redimiera por su amor por mí. Poco es tan difícil como el aceptar amor cuando uno mismo se odia.

Allí, en la soledad del cuarto nunca me sentí tan acompañada. Alli, hice un pacto eterno con mi Dios; el primero de varios.

Allí acepté la vida. Y aunque no ha sido fácil, no me arrepentiré jamás de haber obedecido. Le debo la vida a Dios en más de un sentido.

Aunque quisiera que todos recibieran a Dios con un corazón mejor que el mío para ser libres del pensamiento suicida, o de las adicciones, o de cualquier pecado, lo cierto es que ya Dios le dio al ser humano una herramienta sagrada para librarse a sí mismo de estas cosas. Se llama voluntad o libre albedrío. Crea en Dios o no, este regalo irrevocable le permite decidir si obedece o no estos argumentos que invaden la mente.

El cristiano tiene la promesa de ser libertado; ya no tengo pensamientos suicidas. Pero no todos tienen esta bendición. Por eso, si tiene pensamientos suicidas recurrentes, pida ayuda. No se rinda (aunque sé que es más fácil decirlo que hacerlo). Persevere. No tiene que obedecer, no tiene que sucumbir; no se deje convencer de que es la mejor opción.

Porque aún los que merecemos morir (cf. Romaos 3:23-25), podemos escoger la vida que compró Jesús para nosotros, tomando nuestro lugar en la cruz.

Allí Él murió para que nosotros podamos vivir sintiéndonos amados, perdonados y libres. Capaces de resistir y sobreponernos ante cualquier vicisitud .

About Enid

Escribo sobre dos mesas de trabajo: historias de mi sobrino con autismo, y reflexiones sobre lo que es ser cristiano. No soy experta, pero comparto lo que a NIH le hace feliz, y lo que a mí me apasiona sobre mi Señor.
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